Esta película ambientada durante la Guerra Civil Española nos sirve como apoyo para comprender de mejor manera el contexto de la post guerra civil y la influencia que este hecho histórico tuvo en las expresiones artísticas, específicamente la literatura.
martes, 21 de mayo de 2013
TIERRA Y LIBERTAD / KEN LOACH
Esta película ambientada durante la Guerra Civil Española nos sirve como apoyo para comprender de mejor manera el contexto de la post guerra civil y la influencia que este hecho histórico tuvo en las expresiones artísticas, específicamente la literatura.
sábado, 27 de abril de 2013
UN PERRO ANDALUZ
Un perro andaluz (en francés Un chien andalou) es un cortometraje de diecisiete minutos, mudo (no fue hasta la versión de1960 que se incorporaron los motivos de Tristán e Isolda de Richard Wagner y un tango), escrito, producido, dirigido e interpretado por Luis Buñuel en 1929 con la colaboración en el guion de Salvador Dalí, gracias a un presupuesto de 25.000 pesetas que aportó la madre de Luis Buñuel. Fue estrenada el6 de junio de 1929 en el cineStudio des Ursulines de París.Posteriormente se exhibió durante nueve meses ininterrumpidamente en el Studio 28 de la misma ciudad.
El rodaje duró quince días. Según refiere Buñuel a De la Colina y Pérez Turrent, Un perro andaluz
nació de la confluencia de dos sueños. Dalí le contó que soñó con
hormigas que pululaban en sus manos y Buñuel a su vez cómo una navaja
seccionaba el ojo de alguien.
Un perro andaluz está considerada la película más significativa del cine surrealista.
Transgrediendo los esquemas narrativos canónicos, la película pretende
provocar un impacto moral en el espectador a través de la agresividad de
la imagen. Remite constantemente al delirio y al sueño, tanto en las
imágenes producidas como en el uso de un tiempo no lineal de las
secuencias.
Fuente: www.wikipedia.org
lunes, 25 de marzo de 2013
Mi religión/ Miguel de Unamuno
Me
escribe un amigo desde Chile diciéndome que se ha encontrado allí con algunos
que, refiriéndose a mis escritos, le han dicho: "Y bien, en resumidas
cuentas, ¿cuál es la religión de este señor Unamuno?" Pregunta análoga se
me ha dirigido aquí varias veces. Y voy a ver si consigo no contestarla, cosa
que no pretendo, sino plantear algo mejor el sentido de la tal pregunta.
Tanto los individuos como los pueblos de espíritu perezoso —y cabe pereza
espiritual con muy fecundas actividades de orden económico y de otros órdenes
análogos— propenden al dogmatismo, sépanlo o no lo sepan, quiéranlo o no,
proponiéndose o sin proponérselo. La pereza espiritual huye de la posición
crítica o escéptica.
Escéptica digo, pero tomando la voz escepticismo en su sentido etimológico y
filosófico, porque escéptico no quiere decir el que duda, sino el que investiga
o rebusca, por oposición al que afirma y cree haber hallado. Hay quien
escudriña un problema y hay quien nos da una fórmula, acertada o no, como
solución de él.
En el orden de la pura especulación filosófica, es una precipitación el
pedirle a uno soluciones dadas, siempre que haya hecho adelantar el
planteamiento de un problema. Cuando se lleva mal un largo cálculo, el borrar
lo hecho y empezar de nuevo significa un no pequeño progreso. Cuando una casa
amenaza ruina o se hace completamente inhabitable, lo que procede es
derribarla, y no hay que pedir se edifique otra sobre ella. Cabe, sí, edificar
la nueva con materiales de la vieja, pero es derribando antes ésta. Entretanto,
puede la gente albergarse en una barraca, si no tiene otra casa, o dormir a
campo raso.
Y es preciso no perder de vista que para la práctica de nuestra vida, rara
vez tenemos que esperar a las soluciones científicas definitivas. Los hombres
han vivido y viven sobre hipótesis y explicaciones muy deleznables, y aun sin
ellas. Para castigar al delincuente no se pusieron de acuerdo sobre si éste
tenía o no libre albedrío, como para estornudar no reflexiona uno sobre el daño
que puede hacerle el pequeño obstáculo en la garganta que le obliga al
estornudo.
Los hombres que sostienen que de no creer en el castigo eterno del infierno
serían malos, creo, en honor de ellos, que se equivocan. Si dejaran de creer en
una sanción de ultratumbas no por eso se harían peores, sino que entonces
buscarían otra justificación ideal a su conducta. El que siendo bueno cree en
un orden trascendente, no tanto es bueno por creer en él cuanto que cree en él
por ser bueno. Proposición ésta que habrá de parecer oscura o enrevesada, estoy
de ello cierto, a los preguntones de espíritu perezoso.
Y bien, se me dirá, "¿Cuál es tu religión?" Y yo responderé: mi
religión es buscar la verdad en la vida y la vida en la verdad, aun a sabiendas
de que no he de encontrarlas mientras viva; mi religión es luchar incesante e
incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper
del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con Él luchó Jacob. No puedo
transigir con aquello del Inconocible —o Incognoscible, como escriben los
pedantes— ni con aquello otro de "de aquí no pasarás". Rechazo el
eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible.
"Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es
perfecto", nos dijo el Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin
duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros
esfuerzos. Y ello ocurrió, dicen los teólogos, con la gracia. Y yo quiero
pelear mi pelea sin cuidarme de la victoria. ¿No hay ejércitos y aun pueblos
que van a una derrota segura? ¿No elogiamos a los que se dejaron matar peleando
antes que rendirse? Pues ésta es mi religión.
Ésos, los que me dirigen esa pregunta, quieren que les dé un dogma, una
solución en que pueda descansar el espíritu en su pereza. Y ni esto quieren,
sino que buscan poder encasillarme y meterme en uno de los cuadriculados en que
colocan a los espíritus, diciendo de mi: es luterano, es calvinista, es
católico, es ateo, es racionalista, es místico, o cualquier otro de estos
motes, cuyo sentido claro desconocen, pero que les dispensa de pensar más. Y yo
no quiero dejarme encasillar, porque yo, Miguel de Unamuno, como cualquier otro
hombre que aspire a conciencia plena, soy una especie única. "No hay
enfermedades, sino enfermos", suelen decir algunos médicos, y yo digo que
no hay opiniones, sino opinantes.
En el orden religioso apenas hay cosa alguna que tenga racionalmente
resuelta, y como no la tengo, no puedo comunicarla lógicamente, porque sólo es
lógico y transmisible lo racional. Tengo, sí, con el afecto, con el corazón,
con el sentimiento, una fuerte tendencia al cristianismo sin atenerme a dogmas
especiales de esta o de aquella confesión cristiana. Considero cristiano a todo
el que invoca con respeto y amor el nombre de Cristo, y me repugnan los
ortodoxos, sean católicos o protestantes —éstos suelen ser tan intransigentes
como aquéllos— que niegan cristianismo a quienes no interpretan el Evangelio
como ellos. Cristiano protestante conozco que niega el que los unitarios sean
cristianos.
Confieso sinceramente que las supuestas pruebas racionales —la ontológica,
la cosmológica, la ética, etcétera— de la existencia de Dios no me demuestran
nada; que cuantas razones se quieren dar de que existe un Dios me parecen
razones basadas en paralogismos y peticiones de principio. En esto estoy con
Kant. Y siento, al tratar de esto, no poder hablar a los zapateros en términos
de zapatería.
Nadie ha logrado convencerme racionalmente de la existencia de Dios, pero
tampoco de su no existencia; los razonamientos de los ateos me parecen de una
superficialidad y futileza mayores aún que los de sus contradictores. Y si creo
en Dios, o, por lo menos, creo creer en Él, es, ante todo, porque quiero que
Dios exista, y después, porque se me revela, por vía cordial, en el Evangelio y
a través de Cristo y de la Historia. Es cosa de corazón.
Lo cual quiere decir que no estoy convencido de ello como lo estoy de que
dos y dos hacen cuatro.
Si se tratara de algo en que no me fuera la paz de la conciencia y el
consuelo de haber nacido, no me cuidaría acaso del problema; pero como en él me
va mi vida toda interior y el resorte de toda mi acción, no puedo aquietarme
con decir: ni sé ni puedo saber. No sé, cierto es; tal vez no pueda saber
nunca, pero "quiero" saber. Lo quiero, y basta.
Y me pasaré la vida luchando con el misterio y aun sin esperanza de
penetrarlo, porque esa lucha es mi alimento y es mi consuelo. Sí, mi consuelo.
Me he acostumbrado a sacar esperanza de la desesperación misma. Y no griten
¡Paradoja! los mentecatos y los superficiales.
No concibo a un hombre culto sin esta preocupación, y espero muy poca cosa
en el orden de la cultura —y cultura no es lo mismo que civilización— de
aquellos que viven desinteresados del problema religioso en su aspecto
metafísico y sólo lo estudian en su aspecto social o político. Espero muy poco
para el enriquecimiento del tesoro espiritual del género humano de aquellos
hombres o de aquellos pueblos que por pereza mental, por superficialidad, por
cientificismo, o por lo que sea, se apartan de las grandes y eternas
inquietudes del corazón. No espero nada de los que dicen: "¡No se debe
pensar en eso!"; espero menos aún de los que creen en un cielo y un
infierno como aquel en que creíamos de niños, y espero todavía menos de los que
afirman con la gravedad del necio: "Todo eso no son sino fábulas y mitos;
al que se muere lo entierran, y se acabó". Sólo espero de los que ignoran,
pero no se resignan a ignorar; de los que luchan sin descanso por la verdad y
ponen su vida en la lucha misma más que en la victoria.
Y lo más de mi labor ha sido siempre inquietar a mis prójimos, removerles el
poso del corazón, angustiarlos, si puedo. Lo dije ya en mi Vida de Don
Quijote y Sancho, que es mi más extensa confesión a este respecto. Que
busquen ellos, como yo busco; que luchen, como lucho yo, y entre todos algún
pelo de secreto arrancaremos a Dios, y, por lo menos, esa lucha nos hará más
hombres, hombres de más espíritu.
Para esta obra —obra religiosa— me ha sido menester, en pueblos como estos
pueblos de lengua castellana, carcomidos de pereza y de superficialidad de
espíritu, adormecidos en la rutina del dogmatismo católico o del dogmatismo
librepensador o cientificista, me ha sido preciso aparecer unas veces impúdico
e indecoroso, otras duro y agresivo, no pocas enrevesado y paradójico. En
nuestra menguada literatura apenas se le oía a nadie gritar desde el fondo del
corazón, descomponerse, clamar. El grito era casi desconocido. Los escritores
temían ponerse en ridículo. Les pasaba y les pasa lo que a muchos que soportan
en medio de la calle una afrenta por temor al ridículo de verse con el sombrero
por el suelo y presos por un polizonte. Yo, no; cuando he sentido ganas de
gritar, he gritado. Jamás me ha detenido el decoro. Y ésta es una de las cosas
que menos me perdonan estos mis compañeros de pluma, tan comedidos, tan
correctos, tan disciplinados hasta cuando predican la incorrección y la
indisciplina. Los anarquistas literarios se cuidan, más que de otra cosa, de la
estilística y de la sintaxis. Y cuando desentonan lo hacen entonadamente; sus
desacordes tiran a ser armónicos.
Cuando he sentido un dolor, he gritado, y he gritado en público. Los salmos
que figuran en mi volumen de Poesías no son más que gritos del corazón,
con los cuales he buscado hacer vibrar las cuerdas dolorosas de los corazones
de los demás. Si no tienen esas cuerdas, o si las tienen tan rígidas que no
vibran, mi grito no resonará en ellas, y declararán que eso no es poesía,
poniéndose a examinarlo acústicamente. También se puede estudiar acústicamente
el grito que lanza un hombre cuando ve caer muerto de repente a su hijo, y el
que no tenga ni corazón ni hijos, se queda en eso.
Esos salmos de mis Poesías, con otras varias composiciones que allí
hay, son mi religión, y mi religión cantada, y no expuesta lógica y
razonadamente. Y la canto, mejor o peor, con la voz y el oído que Dios me ha
dado, porque no la puedo razonar. Y el que vea raciocinios y lógica, y método y
exégesis, más que vida, en esos mis versos porque no hay en ellos faunos,
dríades, silvanos, nenúfares, "absintios" (o sea ajenjos), ojos
glaucos y otras garambainas más o menos modernistas, allá se quede con lo suyo,
que no voy a tocarle el corazón con arcos de violín ni con martillo.
De lo que huyo, repito, como de la peste, es de que me clasifiquen, y quiero
morirme oyendo preguntar de mí a los holgazanes de espíritu que se paren alguna
vez a oírme: "Y este señor, ¿qué es?" Los liberales o progresistas
tontos me tendrán por reaccionario y acaso por místico, sin saber, por
supuesto, lo que esto quiere decir, y los conservadores y reaccionarios tontos
me tendrán por una especie de anarquista espiritual, y unos y otros, por un
pobre señor afanoso de singularizarse y de pasar por original y cuya cabeza es
una olla de grillos. Pero nadie debe cuidarse de lo que piensen de él los
tontos, sean progresistas o conservadores, liberales o reaccionarios.
Y como el hombre es terco y no suele querer enterarse y acostumbra después
que se le ha sermoneado cuatro horas a volver a las andadas, los preguntones,
si leen esto, volverán a preguntarme: "Bueno; pero ¿qué soluciones
traes?" Y yo, para concluir, les diré que si quieren soluciones, acudan a
la tienda de enfrente, porque en la mía no se vende semejante artículo. Mi
empeño ha sido, es y será que los que me lean, piensen y mediten en las cosas
fundamentales, y no ha sido nunca el de darles pensamientos hechos. Yo he
buscado siempre agitar, y, a lo sumo, sugerir, más que instruir. Si yo vendo
pan, no es pan, sino levadura o fermento.
Hay amigos, y buenos amigos, que me aconsejan me deje de esta labor y me
recoja a hacer lo que llaman una obra objetiva, algo que sea, dicen,
definitivo, algo de construcción, algo duradero. Quieren decir algo dogmático.
Me declaro incapaz de ello y reclamo mi libertad, mi santa libertad, hasta la
de contradecirme, si llega el caso. Yo no sé si algo de lo que he hecho o de lo
que haga en lo sucesivo habrá de quedar por años o por siglos después que me
muera; pero se que si se da un golpe en el mar sin orillas las ondas en
derredor van sin cesar, aunque debilitándose. Agitar es algo. Si merced a esa
agitación viene detrás otro que haga algo duradero, en ello durará mi obra.
Es obra de misericordia suprema despertar al dormido y sacudir al parado, y
es obra de suprema piedad religiosa buscar la verdad en todo y descubrir
dondequiera el dolo, la necedad y la inepcia.
Ya sabe, pues, mi buen amigo el chileno lo que tiene que contestar a quien
le pregunte cuál es mi religión. Ahora bien; si es uno de esos mentecatos que
creen que guardo ojeriza a un pueblo o una patria cuando le he cantado las
verdades a alguno de sus hijos irreflexivos, lo mejor que puede hacer es no
contestarles.
Salamanca, 6 de noviembre de 1907.
Mi religión y otros ensayos
, 1910.
Miguel de Unamuno. Del sentimiento trágico de la vida
Por Alejandro Benítez
En el
primer capítulo del libro Del sentimiento trágico de la vida, escrito
por Miguel de Unamuno[1]
define al hombre como un ser de carne y hueso, es decir, como un ser concreto.
El hombre
es un ser que nace, sufre, muere, come, bebe, piensa, quiere, etc. Sin embargo,
existen otras formas de concebir al hombre, por ejemplo: el contratante social
de Rousseau, el homo economicus de los manchesterianos,[2]
el homo sapiens de Lineo, entre otros. Con lo ya mencionado, Unamuno
afirma que el hombre es un ser concreto y por consiguiente es el supremo objeto
de toda filosofía. Es importante saber, que la filosofía “responde a la
necesidad de formarnos una concepción unitaria del mundo y de la vida, y como
consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima
y hasta una acción.”[3]
El hombre
es un animal racional, pero también es un animal afectivo y sentimental pues
esto es una característica que lo diferencia de los demás animales. Esto quiere
decir que lo más importante para un filósofo es el hombre. Por ejemplo, al leer
la Crítica de la razón práctica escrita por Kant[4]
se deduce la necesidad de postular la existencia de Dios, de la inmortalidad
del alma, la libertad. También hace mención sobre el imperativo categórico,
éste “nos lleva a un postulado moral que exige, a su vez, en el orden
teológico, o más bien escatológico, la inmortalidad del alma, y para sustentar
esta inmortalidad aparece Dios.”[5]
Con ello se quiere dar a entender que lo más importante para un filósofo es el
ser humano, pues todo debe girar en torno a él.
Posteriormente
Unamuno menciona que lo que determina a un hombre, lo que le hace un hombre,
uno y no otro, el que es y el que no es, es un principio de unidad y un
principio de continuidad. “Un principio de unidad, primero en el espacio,
merced al cuerpo, y luego en la acción y en el propósito.”[6]
Por ejemplo, cuando una persona mira, no ve un ojo al norte y el otro al sur.
Ahora bien, es en cierto sentido un hombre tanto más hombre, cuanto más
unitaria sea su acción. Cuando el filósofo español habla acerca de la
continuidad toma como referencia a la memoria, ésta es la base de la
personalidad individual, así como la tradición lo es de la personalidad
colectiva de un pueblo. Con ello se puede decir que se vive en el recuerdo y
por el recuerdo, “y nuestra vida espiritual no es, en el fondo, sino el esfuerzo
de nuestro recuerdo por perseverar, por hacerse esperanza, el esfuerzo de
nuestro pasado por hacerse porvenir.”[7]
Otro de
los temas que abarca el texto es sobre la personalidad, ya que hay personas que
desean ser otros. Querer ser otros es querer dejar de ser uno el que es. “Más
de una vez se ha dicho que todo hombre desgraciado prefiere ser el que es, aun
con sus desgracias, a ser otro sin ellas.”[8]Ahora
bien, a ningún hombre y a ningún pueblo se les puede exigir un cambio que rompa
la unidad y la continuidad de su persona. Sin embargo, hay ciertos individuos
que cambian de personalidad; pero es sólo un caso patológico y como tal lo
estudian los alienistas. En dichos cambios de personalidad, la memoria, base de
la conciencia, se arruina por completo, y sólo le queda al pobre paciente, como
sustrato de continuidad individual, esto es el organismo físico.
En
efecto, todo lo que conspire a romper la unidad y la continuidad de la vida del
hombre, conspira para ser destruida. Por eso el filósofo español señala que
“todo individuo que en un pueblo conspira a romper la unidad y la continuidad
espirituales de ese pueblo, tiende a destruirlo y a destruirse como parte de
ese pueblo.”[9]
Entonces, se puede decir que el hacerse otro, rompiendo la unidad y la continuidad
de la vida, es dejar de ser el que es, o sea, es simplemente dejar de ser.
De lo ya
mencionado surge una pregunta: ¿qué otro llenaría tan bien o mejor que yo el
papel que lleno? La respuesta es el prójimo. Partiendo desde la perspectiva de
Kant se debe considerar al prójimo, es decir, a los demás hombres que se
encuentran en la misma realidad que yo. Empero, no se les puede tratar como
medios, sino como fines. Pues no se trata de un solo hombre, más bien de cada
uno.
El
conocimiento es tema fundamental del hombre de carne y hueso, ya que todos los
hombres se empeñan por su naturaleza a conocer, ya que es necesario para
sobrevivir. Según Unamuno hay dos tipos de conocimiento que son el inconsciente
(es común al hombre con los animales) y el conocimiento reflexivo (el conocer
del conocer mismo).
El
conocimiento está al servicio de la necesidad de vivir, y primariamente al
servicio del instinto de conservación personal. “Y esta necesidad y este
instinto han creado en el hombre los órganos del conocimiento, dándoles el
alcance que tienen.”[10]
Cabe decir, que el instinto de conservación es el que hace la realidad y la
verdad del mundo perceptible. Ahora bien, la existencia objetiva es, en nuestro
conocer, una dependencia de nuestra propia existencia personal.
Lo que se
ha tratado de mencionar en este escrito es que que la filosofía responde a la
necesidad de formarnos una concepción unitaria del mundo y de la vida, y como
consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima
y hasta una acción. Cabe decir, que algunos pensadores han hecho filosofía,
pero está alejada de la concepción de lo que es el hombre. Es decir, un hombre
concreto de carne y hueso.
Bibliografía:
De
Unamuno, Miguel, Del sentimiento trágico de la vida, Buenos Aires,
Losada, cap I: “El hombre de carne y hueso “; capII: “El punto de partida“; Cap
III: “El hambre de inmortalidad“; ”La disolución natural.”
[1] A fin de dilucidar la oposición
entre la afirmación individual y la necesidad de una ética social. El dilema
planteado entre lo individual y lo colectivo, entre lo mutable y lo inmutable,
el espíritu y el intelecto, fue interpretado por él como punto de partida de una
regeneración moral y cívica de la sociedad española. Él mismo se tomó como
referencia de sus obsesiones del hombre como individuo. "Hablo de mí
porque es el hombre que tengo más cerca."
[2] La Escuela de Manchester
-también manchesterismo, liberalismo manchesteriano o capitalismo
manchesteriano- fue una escuela económica y movimiento social y político
librecambista y antiimperialista con origen en la ciudad británica de Mánchester.
Estaba ligada a la Cámara de Comercio de Manchester sobre todo durante el
período 1825-1845, y encabezada por Richard Cobden y John Bright.
[4] En el pensamiento de Kant suele
distinguirse un período inicial, denominado precrítico, caracterizado por su
apego a la metafísica racionalista de Wolff y su interés por la física de
Newton. El sistema fue desarrollado por Kant en su Crítica de la razón
práctica, donde establece la necesidad de un principio moral a priori, el
llamado imperativo categórico, derivado de la razón humana en su vertiente
práctica; en la moral, el hombre debe actuar.
fuente: http://textosfil.blogspot.com/2012/11/miguel-de-unamuno-del-sentimiento.html
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